Politica de Corbella

2003, 2020 y El Futuro

En estas semanas es muy común leer o escuchar las quejas de votantes del Frente de Todos. Muchos comparan lo realizado en el primer año de Néstor Kirchner, que había llegado al poder con 22% de los votos, con lo logrado ahora por Alberto y Cristina, que obtuvieron un 48% de los sufragios. Me parece una comparación muy superficial, que no tiene en cuenta el contexto, que es diametralmente opuesto.
La elección de 2003 fue la primera tras la debacle del 2001. Los dirigentes políticos que habían ocupado cargos de relevancia en tiempos de Menem y De La Rúa estaban muy desprestigiados. La derecha argentina estaba fragmentada, atomizada. Una parte ocupaba un ala del peronismo, otra parte se refugiaba en el radicalismo, otros habían fundado partidos liberales como RECREAR de López Murphy, y otros estaban sueltos. No había la más mínima posibilidad de que un candidato de derecha liberal ganara una elección… de hecho los candidatos con programas neoliberales fueron separados: Menem obtuvo el 24% y López Murphy el 16%. Unidos quedaban primeros cómodos.
Néstor y Cristina pudieron construir su fuerza política desde dentro del PJ, conduciendo y hegemonizando al peronismo, e incluso tendiendo puentes con otras fuerzas, debido a que la oposición aparecía completamente atomizada y no tenía una perspectiva común, no podían hacer un frente común, ni tenían un mismo proyecto.

Tampoco presentaba un frente común contrario al gobierno de Néstor la casta judicial, ni las empresas mediáticas. Allí también había margen para negociar y tender puentes, fabricar consensos y alianzas.
El contexto internacional era tan favorable desde lo político que Néstor, Lula y Chávez pudieron concretar en Mar del Plata, en 2005, lo que probablemente sea la mayor humillación diplomática que haya sufrido jamás un gobierno de los Estados Unidos.
Hoy no tenemos nada de eso, América Latina está llena de gobiernos de derecha aliados al Imperio del norte.
Los tres gobiernos sucesivos del kirchnerismo permitieron consolidar el Frente para la Victoria (FpV), que mostró una gran capacidad para impulsar reformas profundas, que afectaban intereses consolidados, medidas que salpicaban a quienes pensaban que su posición era inatacable. Estos avances generaron dos corolarios: por un lado, comenzaron los problemas dentro del propio frente, que tenía una composición diversa y donde no todos tenían las mismas perspectivas. Las dos escisiones más dolorosas fueron seguramente la formación en 2009 de la Unión-PRO (con figuras de la derecha más un peronista que había sido parte del gobierno, Felipe Solá), y la separación en 2013 de Sergio Massa que se llevó consigo una enorme cantidad de votos -y también muchos dirigentes de segunda y tercera línea-.
Hacia afuera, provocó una creciente alineación de los sectores que se oponían al kirchnerismo, tanto políticos como judiciales y mediáticos. Este fenómeno cristalizó en las elecciones de 2015 con la formación de Cambiemos, una alianza política que unía a la derecha liberal que venía gobernando CABA con el sello PRO, una UCR muy conservadora, la exótica Coalición Cívica de la Pitonisa Elisa Carrió, más figuras que en alguna etapa de su vida política habían pasado por alguna de las tribus del peronismo, como Emilio Monzó, Diego Santilli, Cristian Ritondo o Patricia Bullrich. Esta alianza logró vencer en el ballotage de 2015 por una diferencia mínima (700 mil votos en un total de 25 millones), y permitió a Mauricio Macri ser presidente en el período 2015-2019.
La nueva administración logró rápidamente una fuerte división del peronismo derrotado. Algunos diputados se fueron del FpV antes de asumir, y formaron bloques opoficialistas. El massismo adoptó una actitud extremadamente “razonable”, y fue el gran garante de la “gobernabilidad” –palabra olvidada por la oposición 2020-. Los gobernadores debieron negociar con el dueño de la billetera, y muchos senadores peronistas se vieron compelidos a seguir a sus gobiernos provinciales.
Las elecciones de medio término, en 2017, mostraron a un oficialismo consolidado, a un peronismo dividido, y a una Cristina que, desde una fuerza nueva llamada Unidad Ciudadana, perdió por poco. Pero perdió mostrando un peso electoral que dejaba claro que seguía siendo la peronista más votada, la más fuerte electoralmente. Alberto Fernández lo resumió con una frase genial, que sigue teniendo vigencia: “Con Cristina no alcanza, sin Cristina no se puede”.
Tras estos aparentes cambios subyacen algunas continuidades.
En las PASO de 2015 en la Provincia de Buenos Aires, la candidata de derecha Vidal alcanzó el 35% de los votos (un punto más de los obtenidos en 2017 por Esteban Bullrich), mientras que tres candidatos peronistas se repartieron en partes casi iguales un 60% de los votos: Felipe Solá, Aníbal Fernández y Julián Domínguez. En la elección definitiva de octubre Vidal trepó al 39.5%, Solá mantuvo sus votos, y Aníbal sumó a su 20% tres de cada cuatro votos de Domínguez, trepando a un 35%.

La elección de 2015 nos dejó otro dato para reflexionar: Daniel Scioli perdió el ballotage a nivel nacional, pero lo ganó en la Provincia de Buenos Aires con más del 51% de los votos, lo que indica que, cuando la polarización es extrema, “cuando las papas queman”, el peronismo tiende a alinearse.
La elección de 2017 no cambió demasiado estos números. El 34% obtenido por CFK y por Esteban Bullrich se parecen mucho a los números obtenidos por Aníbal Fernández en la elección 2015 y a los logrados por María Eugenia Vidal en las PASO de ese mismo año.
En las mencionadas elecciones de 2017, la suma del 34% de CFK, el 15% de Massa y el 6% de Randazzo, da exactamente el mismo 55% que obtuvieron en conjunto, en la elección de 2015, Aníbal Fernández (35%) y Felipe Solá (20%). Y está muy cerca del 56.43% que obtuvo en 2011, en la Provincia de Buenos Aires, la fórmula Cristina Fernández-Amado Boudou.
Es decir que en un distrito clave como es la Provincia de Buenos Aires, el peronismo obtiene siempre entre un 55 y un 60% de los votos. Si va unido es imbatible. El problema ha sido, en varias elecciones de los últimos años (2009, 2013, 2015, 2017) que fue dividido en dos y aún en tres fórmulas distintas.
Por lo tanto la gran novedad de esos años, en la Provincia de Buenos Aires pero que se repite en muchos otros distritos, ha sido que mientras antes el peronismo aparecía unido y la derecha dividida, en las elecciones a las que hacíamos mención se produjo el fenómeno inverso: un peronismo fragmentado y una derecha unida, lo que permitió por ejemplo a María Eugenia Vidal acceder a la gobernación con menos del 40% de los votos.
En este contexto, la estrategia de Cristina Fernández fue, ya desde 2016, impulsar la reunificación del peronismo. Hay que volver a escuchar sus palabras frente a Comodoro Py, en el verano de ese primer año de gobierno de Macri, cuando retó a quienes insultaban a Diego Bossio, y dijo que había que construir una alianza amplia preguntando a sus integrantes no de donde venían sino a dónde querían ir. Esta idea no pudo concretarse en 2017, donde el peronismo apareció nuevamente divido en tres fuerzas (Cristina, Massa y Randazzo), pero tuvo finalmente éxito en 2019.
La situación no era sencilla. Aunque el gobierno de Macri fue horroroso por donde se lo mire -resultados socio-económicos, corrupción o calidad institucional-, la fuerza política que lo llevó al poder no sólo mantuvo su unidad sino que mejoró su performance electoral. En 2015 Macri había obtenido un 34% de los votos. En 2019 alcanzó el 40%.
Tampoco debemos dejar de lado que, habiendo pasado un año desde la derrota cambiemita, más allá de algunos chirridos y declaraciones altisonantes, Juntos por el Cambio se mantiene unido, y forma una oposición abroquelada, oposicionista y a la que le interesa muy poco la gobernabilidad de las actuales autoridades. Una oposición que cuenta con un apoyo mediático abrumador, y una influencia sobre el aparato judicial mucho mayor que la casi nula que tiene el gobierno. Esto les permite el congelamiento -o un avance caracolesco- de las numerosas causas por corrupción que tienen abiertas sus dirigentes, y velocidades supersónicas en los juicios a ex funcionarios peronistas.
El liberalismo de nuestra época esconde una concepción profundamente autoritaria. Si bien hacen alusión continuamente a “la gente” –lo que haría pensar en que representan a un todos social- esa “gente” es en realidad una suerte de círculo
político de seguidores, que se autoconciben como representantes de valores universales indiscutibles. Desde esta perspectiva, no queda espacio para un “otros”, para una fuerza política que se les oponga a partir de otros valores y otra ideología. El otro es entonces denostado como clientelista, corrupto o ignorante.
El ideal del neoliberalismo, que confiesan todo el tiempo impúdicamente, es un sistema donde las principales fuerzas políticas compartan sus “valores” (léase ideología). Por lo tanto la “República” sería una alternancia de fuerzas que piensan esencialmente lo mismo, que son parte de un mismo círculo político, siendo estigmatizados los que ven las cosas de otra manera como pervivencias exóticas del pasado, como partidos dominados por valores “negativos”, disvalores (clientelismo, corrupción, “populismo”). Es válido que una fuerza política pretenda que su forma de ver la realidad es la mejor; lo que no es válido, no es democrático y ni siquiera republicano, es que una fuerza política se considere como portadora de la única perspectiva posible, y pretenda que sus “opositores” compartan esa ideología.
Cristina, en esta estrategia de unificar el peronismo para generar una alternativa a esta derecha neoliberal que se pretende universal sorprendió, el 18 de mayo de 2019, con el nombre del candidato elegido, y con su disposición a correrse al lugar de vicepresidente, no llamó mucho la atención la estrategia: era evidente, desde aquel discurso en Comodoro Py, que ella estaba buscando la fórmula o el candidato que permitiera unificar a las tribus peronistas bajo una bandera común. Algo parecido ya había intentado en 2015 al apoyar la candidatura de Daniel Scioli.
Una vez más, Cristina no apoyó a un candidato de su riñón, de los más cercanos a su perspectiva ideológica. En lugar de comprar un zapato que le pareciera bonito y tratar luego de meter el pie a como dé lugar en su interior, a fuerza de talco y calzador, miró el pie y encargó un zapato a medida.
El Frente de Todos es una alianza con sectores diversos, con muchas coincidencias, pero con otros temas donde hay discrepancias. Un Frente es un Frente y no un simple partido político debido a que sus integrantes tienen diferencias que no les permiten compartir plenamente un espacio, pero si pueden compartir una alianza.
Es muy probable que cuatro de cada cinco o seis de los votos obtenidos por el FdT en 2019 sean votos de Cristina. Pero, también es evidente que, sin ese plus que aportaron dirigentes más moderados, como el propio Alberto Fernández, como Sergio Massa, como Felipe Solá, como muchos gobernadores, se iba a un ballotage de resultado incierto, de pronóstico al menos nublado, quizás simplemente oscuro.
Por eso la unidad del Frente de Todos es un objetivo absolutamente prioritario para Alberto Fernández, para Cristina Fernández, y para todos los que no quieren que ese frente de derecha neoliberal, intolerante y agresivo, que obtuvo 40% de los votos, pueda volver al poder en 2023 o más adelante.
Cuando en un frente coexisten sectores más radicales y sectores más moderados el equilibrio es siempre difícil. El radical se debe moderar, y el moderado se debe radicalizar. Generalmente ambos se sienten incómodos con ese traje. Nadie está plenamente conforme.
La alternativa, sin embargo, es el regreso de una fuerza política cuyo plan económico deja afuera a más de la mitad del país, que no tiene empacho en reprimir a diestra y siniestra cualquier protesta, que no entiende demasiado las sutilezas legales de una democracia burguesa, y que ya ha demostrado su capacidad para encarcelar a cualquier dirigente político que les moleste, a cualquiera que se ponga enfrente.
Cuando tenemos solamente dos opciones, la menos mala es siempre la mejor.

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