La Columna de Raul, Numero Cuatro

Privilegiados

Cuando me invitaron a escribir sobre las veinte verdades peronistas, se me ocurrió que era una oportunidad para hacer, no solo una reflexión actualizada sobre cada una de ellas, sino también una valiosa ocasión de reinterpretarlas. Sin duda el hacerlo, nos expulsa de una zona de confort y nos podría generar cierta incomodidad producida por el simple cuestionamiento de lo que consideramos una certeza. Como si en verdad existiera alguna otra mas que la de saber que nuestra vida no es infinita.
Pero en este intento, la verdad que nos toca en esta edición, es la que, creo, mejor nos permitiría plasmar ese objetivo.
¿De qué hablamos cuando hablamos de privilegios?
Si nos ajustamos al significado etimológico de la palabra Privilegio, en latín privilegium, formado por privum y lex, significa ley o medida excepcional, y también exención e inmunidad. Es decir, una ley que regula a un particular o grupo de ciudadanos en forma exclusiva.
Seguramente lo primero que se nos viene a la cabeza es aquellos que gozan la mayoría de las clases acomodadas o como me gusta denominarlos a mí: Los súper ricos. Ya que el Dinero les da Poder y el Poder, en muchas ocasiones sirve para obtener el mayor de los privilegios: Impunidad.
De todos los privilegios que existen, el de la impunidad es el que más afecta a las sociedades. Y es probable que esto se deba a que los seres humanos fuimos dominados, durante la mayor parte de nuestra existencia, por pequeños grupos de personas autodenominadas monarcas, que gozaban de absoluta impunidad en detrimento de las mayorías populares. Tuvieron que pasar muchos miles de años de sometimiento para que esas mayorías populares dejaran de naturalizar la exclusión y decidieran pararse de manos y decir basta.
Pero la revolución francesa no fue suficiente para terminar con los privilegios de ciertas castas. De hecho, los súper ricos, siguen gozando de muchos privilegios, negados a las mayorías populares, a pesar de que las constituciones de los países, sostengan lo contrario. Y es en este punto donde las naturalizamos y comenzamos a creer que esas diferencias son justas. Aunque en la letra escrita se diga lo contrario: “Todos somos iguales ante la Ley.”
Lo cierto es que lo que más existió y existe en el mundo son las discriminaciones: Por color, raza, religión, sexo, ideología… Y todas aceptadas al punto tal que la esclavitud recién fue abolida tras la Revolución francesa, en 1794 y reestablecida por Napoleón en 1802.
La abolición definitiva, llegó recién en 1848.
No obstante, lo cual, en pleno siglo XXI, sigue existiendo esclavitud incuestionable en determinadas áreas de países como Brasil. Donde en 2003, por ejemplo, el entonces presidente Luiz Inácio Lula da Silva, hizo publicar una lista con los nombres de los hacendados condenados en las dos últimas décadas por tenencia de esclavos. El número de esclavos liberados por el gobierno brasileño, en esos años, ascendió a 10.731.
Es decir, detrás de cada privilegio, hay víctimas. Y que algo deje de ser aceptado social y legalmente, no es suficiente para que deje de existir. Tener privilegios es considerado un bien al que sus beneficiarios difícilmente estén dispuestos a ceder. Basta recordar las palabras de la esposa del actual presidente chileno, frente a las incontenibles manifestaciones populares por la terrible desigualdad que se vive en Chile: “Vamos a tener que disminuir nuestros privilegios” dijo.
Pero existen privilegios que nos cuestan aún más visualizar. Por ejemplo, los hombres (e incluso a muchas mujeres) teníamos naturalizado el machismo. Y necesitamos otros cientos de años para visualizarlo y deconstruirlo. Hasta no hace tanto, el goce del macho, era considerado exclusivo. O para decirlo de otro modo. Hasta no hace tanto, resultaba insostenible que una mujer accediera a lugares reservados para hombres, que votara, por ejemplo, si lo hacía, era considerado un privilegio.
O para verlo desde otro ángulo: ¿Cuantas veces escuchamos decir que algo obtenido con esfuerzo y dedicación, o que fue otorgado por quienes eligieron confiar en un dirigente, es considerado y se agradece con la frase: “Para mí es un privilegio…”
Es decir, todavía nos cuesta la idea de igualdad. Porque en el fondo a todes nos gustaría “pertenecer”, como rezaba la publicidad de una tarjeta de crédito, cuando yo era chico. ¿Quién no quiere acceder al VIP? Tener esa excepción en el pago de los impuestos, como el que gozaban (Y gozan todavía) los miembros de la nobleza en Europa. O como sucede en el Poder Judicial Argentino donde sus miembros están exceptuados de pagar impuestos.
Nos cuesta, la igualdad. Y ese déficit es aprovechado por la derecha que nos niega derechos, porque menos derechos populares, se traducen en mayores privilegios a los más ricos.
Un avión privado. Un yate. Un restaurante. Un auto. Un celular. Vacaciones. Una vivienda. Comer todos los días. ¿Cuáles si y cuales no son considerados privilegios? Y nos llenamos la boca diciendo que el Estado debe garantizar la igualdad ante la ley. Pero si conseguimos un pase para acceder al sector en donde Cristina presenta su libro, con aire y a la sombra, nos alegramos. Mientras las mayorías populares están al rayo del sol, amontonadas mirando todo por una pantalla gigante.
¿Por qué?
Y este porque no es filosófico. ¿O sí? ¿Es acaso destituyente? ¿Desestabilizador? ¿Es un porque subversivo? Darío Sztajnszrajber diría:
Es un porqué infantil.
“La palabra infancia etimológicamente significa carente de voz. El que no ha desarrollado todavía la voz que es aceptada como tal. Y si hablamos de la exclusión de lo femenino. Deberíamos hablar también del niño, como el mayor excluido de la historia.”
“Si la mujer recién ahora está logrando ser visibilizada, a partir de las luchas que han puesto en evidencia que la mujer fue normalizada como complemento del varón. Y más recientemente lo que se conoce con el nombre de “el giro animal” está tomando forma, el nuevo otro, es todo lo viviente no humano que expone la perversidad que tiene el humano consigo mismo, con su propia animalidad.”
“Pero quien aún no ha conseguido su espacio, ni siquiera en la filosofía, es el Niño. Al que todavía uno no vislumbra en su diferencia. Pensamos al niño como seres humanos no desarrollados, incompletos. Sin terminar. Todavía sin formar.”
“Uno de los pocos pensadores que sí se ha tomado en serio al Niño, es Nietzsche. En ‟Así habló Zaratustra” anuncia la llegada de un nuevo ser humano: El Niño. Pero el Niño como creador, como quien crea, jugando. Y la más importante: El que olvida rápido: Es decir, Suelta.”
¿Será que para que el mundo se vuelva realmente justo, igualitario donde la discriminación no exista, necesitamos un nuevo Ser humano que nos saque de esta decadencia?
El niño nos enternece. Nos deslumbra. Nos emociona. Cómo nos emocionan los ídolos. Y los ídolos que más nos fascinan son aquellos que hacen de un juego un arte. Entonces jugar toma un valor mayúsculo en nuestras serias, obtusas y comprometidas vidas.
Pero el niño no ocupa un lugar en la política. Porque el niño no está capacitado para opinar. El niño con su juego nos estorba. Y, además, no vota. Aunque a medida que pasa el tiempo, la edad para votar, baja. Y los que se oponen a esta idea, son casualmente quienes si consideran que se los puede utilizar para trabajar. Incluso existe hoy día un diputado en el Congreso, que se opuso a la ley que permite que hoy se pueda votar a partir de los 16 años que justamente fue acusado de usar niños como fuerza de trabajo en sus campos.
Y hay algo peor.
Al niño se lo quiere encarcelar. Porque comete delitos y sale impune.
Y los niños no pueden tener impunidad.
Pero los súper ricos sí.
Por eso los únicos privilegiados deben ser los niños.
Para que no sea necesario que se cumpla el anuncio de Zaratustra y que los niños nos enseñen como crear ese mundo justo que hasta ahora los seres humanos mayores, no logramos construir.

Raul Livon

  1. Gabriela

    Hermoso
    Justo
    Pensante
    Gracias!

  2. Mariano

    Excelente reflexión.

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