La Nota de Sol, Numero Cinco

El Sueño del Pocho 2.0

La palabra que más resuena en mi cabeza de la verdad que tratamos hoy, es la palabra Lucha. Me sorprende terriblemente que Juan Domingo separe la unidad nacional de la lucha. Creo que es, justamente, el resultado de “La Lucha”. Ahora bien… ¿Existe una sola “Unidad Nacional”?
Yo creo que la Unidad Nacional Peronista no es la misma unidad nacional liberal. Nuestros máximos exponentes, nuestros únicos héroes en este lío, sientan las bases de la Unidad Nacional en la inclusión. Todos adentro, comenzar por los de abajo; la universalización y la ampliación de derechos. Y, como eso implica cercenar privilegios de clase enquistados en la crema de la sociedad nacional, es necesario y casi inevitable la conquista de ellos a través de una lucha que se da en varios frentes distintos: sociales, económicos, políticos y legales.
El peronismo ha sabido dar toda clase de batallas, ha sabido entrar en el barro de la militancia de territorio más profunda para conocer las necesidades de los humildes, para acompañarlos y asistirlos. La vida del peronismo es una cronología de lucha, de sentido, de posesión signada por la necesidad del Pueblo. El peronismo se reconvierte, encausa, repiensa, reinventa… Nace, crece, se reproduce, agoniza y renace de sus cenizas cual fénix posmoderno.
Podemos entender el peronismo desde la historia de su lucha. El peronismo nace con una revolución; con un golpe de estado. Uno que tiene la singularidad de, realmente, responder a los intereses del Pueblo. Fórmula empeñada en vano y como una bandera mentirosa en los siguientes. Su nacimiento fue doloroso, forjado en una sociedad mixta y segregada que no entendía muy bien de qué le hablaban. Criollos enquistados en el poder, oligarcas con privilegios de clase, con alcurnia; y parados en la vereda de enfrente los inmigrantes y los hijos de inmigrantes. La clase trabajadora que buscaba un futuro mejor que el que les deparaba la guerra europea, no por eso más digno o de mayor bienestar. El sueño Latinoamericano no incluía hacerse ricos y nadar en billetes verdes, sino más bien, traía aparejada la promesa de una vida sacrificada, un trabajo de sol a sol y el bullicio y la mezcla de medios idiomas y de mejunjes culinarios indescifrables en los pasillos de los conventillos. Juan Domingo luchó por esos argentinos relegados.
El derramamiento de sangre no se hizo esperar. El bombardeo de Plaza de Mayo, las irrupciones en el orden democrático por los sucesivos golpes que ya no respondían a los intereses populares, los girones de la vida, los renunciamientos, los exilios. Todos ellos forman parte de la lucha peronista.
La lucha peronista se erige en nuestra vida como una especie de Loki, un dios del engaño que se esconde, que cambia de forma y así nos desorienta. Nos obliga a cambiar los métodos, a forzarlos, nos lleva al límite de nuestro entendimiento y de nuestros destinos políticos. Los comodines están siempre, nuestros nortes, nuestros cuadros; y hete ahí el meollo de la cuestión: en la actualidad, la lucha peronista dejó de ser armada, el derramamiento de sangre pareció quedar atrás. Hace casi 20 años que el altar de la República, nuestra Plaza de sacrificios, demandas y festejos, ha dejado de exigir sacrificios sangrientos. Parecemos haber encontrado salidas institucionales a todas las situaciones. El voto sigue siendo nuestro arma sagrada para cambiar el curso de las cosas. Pero, nuestro Loki, no deja de tener sus artificios; sabe que nuestro alma, nuestra unión se encuentra en nuestras estampas, nuestra creencia, nuestra doctrina y ha encontrado la forma de atacar. Con nuevos profetas liberales, endemonizan nuestros santos, tuercen sus enseñanzas, disfrazan de falsas tierras prometidas las conquistas del pasado. Nos cuestionan nuestros privilegios, nuestros triunfos y ofician de faquires encantadores de serpientes para decirnos que en realidad fuimos engañados. Destruyen sistemáticamente y producen carencia de sentido en los discursos para llevarnos a extremos donde todo es lo mismo. El trabajo en blanco, las conquistas sociales, los beneficios impositivos y las políticas de bienestar social comienzan a girar en torno de una espiral de violencia, de discurso confuso, de distorsión legislativa y de dudosa credibilidad. Nos hacen dudar de nosotros mismos, de nuestros ideales, de nuestras conquistas y de nuestros cuadros. Hete aquí nuestro nuevo y mejorado rival. Nuestro Loki 2.0. Pero sin que nos engañemos, tenemos que entender que es el mismo Loki que enfrentó Perón: clases privilegiadas que se aferran con uñas y dientes a lo que consideran derechos inalienables. Sin embargo, citando al poeta Neruda: “nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”…
Tenemos que recalcar que los derechos se separan de los privilegios por una cuestión fundamental: la universalidad. Si no pueden acceder todos, el derecho se vuelve privilegio. Esa es la lucha que encarnamos hoy, una lucha donde, según tus ideales políticos, inclusive la libertad se vuelve un privilegio.
Quizás las únicas herramientas que tengamos hoy para enfrentar esta lucha deben ser buscadas en lo más recóndito de nuestra alma política: en nuestras convicciones. En nuestro deber ser. En saber si seremos la generación que logrará la unidad nacional inclusiva o qué hacemos para dejar a las futuras un paso más cerca de conseguirla. Es el momento de aspirar al verdadero génesis peronista; dejar de dar un paso adelante para dar luego dos atrás. Nuestros cuadros se encuentran en una lucha institucional encarnizada que, seguramente, los primeros peronistas nunca se hubieran imaginado; ni siquiera aquellos que mucho más acá tomaron las armas para defender la Democracia. Nosotros nos encontramos como militantes en una lucha de sentido. De terminar con el vaciamiento que nos imponen desde el Establishment. Recuperar la unidad nacional inclusiva. Una Nación para y por el Pueblo. La conquista de derechos para grupos oprimidos y castigados. Una Nueva Argentina Peronista, el sueño del Pocho 2.0

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