La Historia, Numero Siete

Debates

Para los argentinos de 1943 el derecho a un empleo digno y a una legislación protectora eran quimeras, pero con la llegada del peronismo en 1946 se convirtieron en realidad.

En 1950, en el marco de las “20 verdades peronistas”, el propio Perón expresó en la quinta verdad que “En la nueva Argentina el trabajo es un derecho que crea la dignidad del Hombre y es un deber, porque es justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume”. El objetivo de este texto no radica en la realización de un análisis de lo dicho por el expresidente en aquel contexto, sino en traerlo al presente en pos de una reflexión sobre el país y la sociedad que deseamos.

El modelo económico y social justicialista

Durante los primeros gobiernos peronistas (1946-1955) el Estado regulador de la economía soportó las sequías de 1950 y 1952 con sus consecuentes alzas de precios del mercado interno. También hizo frente a la restricción a las exportaciones como producto del Plan Marshall implementado por Estados Unidos para la reconstrucción de Europa, el principal consumidor de la producción agroganadera nacional.
Los gobiernos que sucedieron al derrocamiento y proscripción (extendida durante 18 años) de Perón redujeron aquel Estado de Bienestar. En ese mundo bipolar, enmarcado en un capitalismo industrial cada vez más extranjerizado, se sostenía a los trabajadores como sujetos de derecho; por ello, aún en los peores momentos en términos económicos, los índices de desocupación no superaban el 6%. No podemos soslayar que se trataba de una sociedad distinta a la que hoy conformamos: en aquella, mayormente, los padres trabajaban fuera del hogar y las madres se ocupaban de las tareas de cuidado dentro del mismo.

Neoliberalismo y patria financiera

El “Rodrigazo” de 1975 fue un plan económico elaborado por Ricardo Zinn, quien secundaba a Celestino Rodrigo en el Ministerio de Economía del gobierno de Isabel Perón y luego hizo lo propio durante la dictadura cívico-militar, cuando José Alfredo Martínez de Hoz fue el titular de dicha cartera (NdR: También trabajó en la empresa SOCMA, del grupo Macri, pero eso es otra historia). Aquel programa propició un modelo basado en la especulación financiera y ya no en la inversión productiva, en detrimento del modelo capitalista industrial cuyo eje se ubicaba en la generación de empleo y en el consumo interno como motores del crecimiento económico. Esta caída de la industria debilitó a las organizaciones sindicales; a su vez, el mensaje de lógicas individualista como el “sálvese quien pueda” comenzó a oírse con mayor frecuencia desde el sector político y mediático, calando hondo en la sociedad.

¿Volvió el peronismo?

Con el fin de la Guerra Fría (1989) y ya en el marco de un mundo unipolar, con el sello del Partido Justicialista -pero sin una política afín- llegó a la presidencia Carlos Menem, cuyo gobierno acentuó las desigualdades sociales y económicas. Se diseñaron planes y programas sociales para tapar los agujeros del desempleo y el hambre; los sectores medios se pauperizaron y el trabajador debió “inventarse” el trabajo. Tras la crisis económica, política y social sin precedentes de diciembre del 2001 y el interinato de Eduardo Duhalde, en 2003 se inició un nuevo período peronista que apostó por el crecimiento de la industria, el mercado interno y el desendeudamiento. Pese a los mensajes de solidaridad como “la Patria es el otro” y la invitación constante a ayudar a quienes lo necesitan, la lógica individualista sigue enraizada en grandes partes de la sociedad (como sucede en el mundo); podemos percibirlo en quienes expresan que con “sus” impuestos sostienen a “gente improductiva”. Es difícil desandar este discurso aun cuando entre 2003 y 2015 el desempleo descendió del 22 al 6,5% e incluso la cantidad de planes y programas sociales disminuyó considerablemente gracias al crecimiento del trabajo formal y la recuperación de derechos y capacidad de compra del salario. Fue, de hecho, el retorno del modelo especulativo (2015-2019) el que aumentó nuevamente la cantidad de beneficiarios de los programas de ayuda social ante el creciente desempleo generado.

¿Consumimos lo que producimos?

En un mundo globalizado y con tecnologías que restan puestos de trabajo, esta pregunta puede ayudarnos a pensar alternativas frente a este marco de exclusión: ¿Pueden el trabajador o los pequeños productores de los viñedos mendocinos consumir el vino que producen y que abunda en las vinotecas “top”? Quien cosecha yerba mate, ¿puede vivir con un salario diario equivalente a menos de tres paquetes de un kilo de yerba? Las y los que tiran de un carro recolectando cartones, botellas y demás residuos durante largas horas con frío, calor agobiante o debajo de la lluvia, ¿son considerados y se consideran trabajadores? ¿es digno lo que hacen? La mujer que cría a sus hijos, en muchos casos sola y trabajando en la informalidad, ¿no produce? ¿Por qué hoy una persona que trabaja todo el día está debajo de la línea de pobreza? ¿Cómo volver a la movilidad social ascendente?
Los casos que pueden llevarnos a estas preguntas son abundantes, cercanos y cotidianos (más de lo deseable). Tenemos más dudas que certezas en este debate que los sectores del trabajo, la política y la sociedad en general nos debemos para alcanzar la Argentina socialmente justa a la que Perón hacía referencia y que, sin dudas, merecemos y necesitamos si queremos que no haya sufrimiento en nuestros compatriotas.

Carlos Villar – Nuestro Historiador de Cabecera

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