La Cultura Peronia, Numero Siete

Una Noche Volcánica

La noche tiene esa magia que nos une a las almas que andamos shirando sin rumbo fijo, que nos dejamos guiar como viejos marinos por las estrellas en la ciudad.

¿Existe acaso una placer mayor que caminar por la noche, iluminado por las estrellas, yendo de bar en bar, de reducto en reducto buscando una charla, una mirada, y dejarse llevar por el ruido de los hielos, la sonoridad de las palabras y los echizos de las miradas?
Una de las tantas noches que salí a caminar en busca de esa magia, mientras veía pasar la vida de los otros, veo a un tipo grandote, con una galera y unos borcegos pintados con aerosol. En su momento pensé: ¿Este es uno de esos magos infumables que se deschaban con los trucos? Al rato llegaron otros 4 personajes de la película de Guy Ritchie; mezcla de gitanos, irlandeses y maquinistas de alguna vieja locomotora. El silencio y las charlas casi íntimas invaden el local, por más que sea una noche de San Patricio. De repente, alguno gritó “1,2, 3 va”, y una czarda explotó el local. El señor de la galera estrujaba un acordeón como si fuera Slash con una Gibson. En un minuto el local estallaba, acompañado por un violinista contorsionista, un flautista con una flauta tamaño birome, un personaje tocando el trombón y un percusionista con aires de clown.
En 2 minutos nos llevaron de Hungría a Irlanda, sin que se descongele el hielo del vodka. Pasaron la gorra, saludaron y se fueron en busca de poner música en otros bares de Palermo, de teñir la noche con verde de San Patricio. Solo me dieron tiempo para desenfundar la cámara y sacar 4 o 5 fotos. Desaparecieron tan rápido como llegaron.
Caminando otra tarde por Chacagiales, por Guevara, escucho los acordes de un chamamé desgranándose desde un acordeón. Pero el sonido era raro, como que se acercaba. Lo primero que pensé fue: “Es un auto”, pero ningún vehículo venía. No le di más importancia y seguí hacia mi destino, pero el sonido no se iba, aparecía, desaparecía, se acercaba, se alejaba. Miro con más detenimiento y me encuentro con un gigante tocando chamamé en su acordeón por la calle, montado en una tabla de Longboard. Una imagen que a ningún director de cine se le hubiera cruzado por su cabeza, y allí estaba de nuevo el señor de la mágica galera, un gigante practicando longboard con un acordeón a falta de MP3.
Por ese hábito que tenemos los que nos criamos en pueblitos, de saludar al paso, nos pusimos a hablar 10 o 15 minutos. Le comenté que tenía alguna que otra foto que había sacado en San Patricio y largo una enorme sonrisa. “No sabía que era famoso”, me dijo. Hablamos otros minutos más y cada uno siguió por su camino, así sin más, pero con la firme promesa de volvernos a ver en el barrio, o de verlo desde abajo en algún escenario.
Dos meses después, la tarde caía nuevamente y unas gotas amenazaban con arruinar la noche del viernes, en la duda de comprar comida en el super o llevar a mi hijo a que conozca El Imperio en Chacarita. Siento un chiflido y un “Euu vos!!”. Pensé en salir corriendo, pero no, me di vuelta y era otra vez el gigantón del skate. Nos saludamos nuevamente, nos pusimos a hablar y como quien no quiere la cosa, me pregunta: “Que tenes que hacer esta noche???”. “Por ahora, cenar con hijo”. Venganse a una fiesta!! Venite acá a las 21 hs. y volvió a desaparecer sin siquiera esperar mi OK, me dijo: “listo venís con nosotros”.
Puntualmente, estábamos en las coordenadas que nos dio el Gigantón, con mi hijo no veíamos a nadie, ni sabía que el lugar que existía: El Museo del Acordeón Anconetani (museo del acordeón). Se abre un portal metálico y sale el que tocaba el tambor aquella noche, con unas botellas de cerveza, y serio me increpa:
-“A quién buscas??”.
+Al gigantón del Acordeón!
-”Pará!”, me dice. Mete la cabeza manteniendo el hermetismo y grita: “Maestro, César, lo buscan!” y salió corriendo con un paso divertido en busca de la cerveza. La puerta del local se vuelve a abrir y aparece el gigantón maquillado, me abraza y me dice: “Qué bueno que vinieron, pasen. Bienvenidos.” La imagen era como de un Aduar, gitanos comiendo pizza, músicos afinando y ensayando acordes, serían más o menos 15/18 músicos, y en un costado, así como quien no quiere la cosa, el gigante empezó a contarme de su vida, mientras mi hijo intentaba llevar el ritmo con un bongo entre los gitanos. César me contó que desde muy joven jugueteaba entre los ensayos de la orquesta típica de su abuelo, Don Segundo Pavon, y con menos de 10, sube a un escenario y allí comenzó su carrera musical como integrante de “Reflejos del Litoral”.
-”Toqué en todos los festivales populares del país, desde La Fiesta del Ternero en Ayacucho a “Cosquín”, “Festivales Chamamecero del Noroeste-”, me dijo, “en todos”.
Entre birra y birra, porción de pizza y salamines, Cesar deja de hablar conmigo, mira para todos lados, aplaude y dice “Arrancamos”. Nos acomodamos en un Duna y salimos todos con sus instrumentos para un lugar desconocido.
22.30 puntuales llegamos al CAFF, estaba terminando de sonar un grupo folklórico que estaba dejando al público al borde del suicidio. Nos acomodamos en los camerinos, y antes de tocar, salen más cervezas, los dejo ajustar todo y fui a las mesas.
23.20 se apagan las luces y comienza a sonar un acordeón y una flautita, sonidos irlandeses, y un violín desgarrador que eriza la piel de lo power que suena, y allí arrancó el ritual. Gitano, irlandés, balcánico, hebreo; una fiesta. 16 maestros arriba del escenario prendiendo fuego las tablas del lugar.
Una aplanadora, un alto en el pogo global y “Ya La Luna” de Maria Elena Walsh, para calmar las aguas y que nadie de los presentes muera infartado, sino seducido por la dulce voz de la menudita chica que imponía su presencia por encima de esa masa musical. En su formación más corta, 6 músicos hacen una cueca y vuelve a explotar la gente, una versión al palo de Libertango, y uno empieza a ver cosacos entre el público.
Es un ritual sorprendente, creo que nunca vi un show así: sin una guitarra eléctrica y que vibre tanto el teatro, que tenga tanto rock. Las Czardas condimentadas con un paso de comedia, ya casi cerrando la noche y cuando no podíamos más de bailar y saltar con mi hijo, sube una bailarina que antes nos había sorprendido con danzas tribales, y los acompaña haciendo percusión con unos platillos de dedos, y cascabeles, en un tema de la película TItanic, que si la Cesar Pavón Orkesta estaba ese día trágico para la navegación en la cubierta del barco, ese iceberg, seguro se derretía.
Sorprendido de no conocerlos, asombrado del fuego y del show, 4 acordeones en escena, gaitas, una sección de vientos, y una base de percusión arrasadora, más toda la diversión que hay arriba del escenario, se nota que la pasan bien, se divierten y transmiten eso al público potenciado para que no deje de bailar, aplaudir y justificar el precio de la entrada.
Después de 2 bises entre los que sonó una versión de Jijiji impresionante, ya con el show terminado, Cesar vuelve a la mesa y nos colgamos hablando de la vida, la noche, y me comenta su paso por el Programa “Cocineros Argentinos” en los comienzos del gobierno del gato, y en el que el maestro Calabrese dijo “La Cesar Pavón Orkesta tocando el Hit del Verano, el resto de la historia ya la conocemos todos.”. Me presento a su mujer y su hija, que casualmente se conocían con el mío de algún lado y se fueron a hablar sin presencia de los padres. Hablamos de su carrera y participaciones, y las participaciones con grosos como Emir Kusturika, La Tabaré, El Choque Urbano, La Bomba de Tiempo, Onda Vaga, Babel Orkesta, La Mississippi Blues Band, Miguel Mateos, Nico Favio, Alfredo Piro, Mintcho Garrammone, Colacho Brizuela, Los Pibitos, El Soldado, entre otros. Además de compartir los últimos shows siendo parte de la banda de Pocho La Pantera y las noches de locura de la bailanta y una gira medio gitana, medio nómade, por Europa tocando en festivales en Alemania, República Checa, Suiza, entre otros.
La noche caía en el lugar. Vestigios de gente que seguía influenciada por la cerveza y la música aplanadora de la Cesar Pavón Orkesta. Le comenté de lo groso que sonaba y ruborizado, me dijo: “Hoy sonamos como el orto, tenes que venir un día que ensayamos, hoy nos juntamos a la tarde y salimos, pero los que tocan conmigo son todos Maestros”. Nos entendemos con la mirada. “Mira- me dice,- ¿ves al pelado de la percusión? Así como lo ves, giró con Oreiro por Rusia, en su gira mundial. Acá son todos profesores que no vivimos de la Cesar Pavon, pero nos juntamos como pibes a jugar un picado pero en un escenario y prender fuego todo.” Brindamos por más noches y encaré para casa con mi hijo, previo pase por un café para que empiece a sentir el ritmo de la bohemia.
En estas épocas en las que se extraña la noche, me vino bien recordar y presentarles un músico no muy conocido por todos, pero que merece la pena ser visto por todos. Esperemos que esto pase pronto, que la pandemia desaparezca y podamos volver a participar de las Fiestas Volcánicas de la Cesar Pavón Orkesta.

jorG Villar

  1. Marcelo Salgado

    Los vi en el CAF no se si ese día y en el galpón de Guevara, tienen razon suenan demasiados salvajes para ser instrumentos no electricos. Gracias, uno ya como que se olvido que era la noche.

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